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domingo, julio 22, 2007

Luces en los extremos: de abedules y necrofilia


A mi tía Eva, polvo al polvo

I

En cine un “extremista” es una especie de suicida, definitivamente un autor radical que más que excederse se adelanta a su época. Como a todo hay que ponerle etiquetas, para tranquilidad incluso de la industria, estos creadores quedan en la zona maldita de los autores de culto. Definición en lo particular todavía no muy bien clarificada y que todavía me incomoda porque coquetea con la insalubridad intelectual del guetto, la exclusión aristocratizante de las élites y otras tonterías más.

El cine de “extremos” tiene algunas obsesiones fijas como la marginalidad, la violencia, el sexo y sobre todo la muerte en sus poliédricas manifestaciones. Lo escatológico y la purga personal le dan a lo autoral una dimensión muchas veces no entendida. La sencilla razón es que como se saltan casi todas las convenciones del lenguaje y sobre todo de lo narrativo se pasa a los espacios heréticos de lo simbólico, lo conceptual y la fragmentación discursiva, las cosas comienzan a molestar. Pero la muerte en una dimensión mucho más trascendental, no es exclusiva del cine de autor, ni del cine mal llamado de “arte”, ni del peor llamado “experimental”, también pulula por el cine comercial con excesos y desmanes que la dejan mero suceso en letras cuiquitas del obituario de cualquier diário.

De la muerte épica de David W. Griffith, la sombría de un Murnau y Wiene, y la coreográfica de Sergei Eisenstein a nuestros días la muerte ha estado siempre habitando las obsesiones de muchos cineastas. Ya es algo tan natural y hasta deseado que cualquier espectador se extraña cuando en un filme no hay asesinatos, balaceras con sangre, enfermos, suicidas y accidentes. Aunque todo sigue siendo lo mismo con diferente collar, las formas de contar con la muerte en el discurso cinematográfico se han ido metamorfoseando. Unas veces de una manera descarnada, otra de una manera velada y sutil, con más o menos efectos especiales y recursos elipticos, pero lo cierto es que pueden ser incontables los filmes que podemos enumerar donde la muerte tensa las fibras del discurso.

Pero, y esto es lamentable, con el transcurrir del tiempo y la adultez no sólo de la imaginería visual, sino también de la renovación del lenguaje cinematográfico y el espectacular ascenso de los efectos especiales, la muerte comenzó a ser una presencia comercial, gratuita y banal, trivializándose su contenido culturológico, filosófico y hasta religioso. Sería muy fácil culpar de esto a la industria, pero no sería cierto. Todos tenemos una culpa colectiva formada por el universo simbólico formado por los medios de comunicación y las raíces culturales de cada latitud evolucionadas según las mareas de los espacios sociológicos, económicos, políticos y religiosos. Con mayor o menor aceleración lo cierto es que estamos más cerca y felices de lo espectacular, lo circense y escandaloso que de lo reflexivo, velado y sutil. Sin embargo, y puede parecer burdo, al final la muerte en cualquier filme por oscuro y pesimista que sea no estás haciendo otra cosa que hablar constantemente de la vida e inevitablemente aferrarse a ella porque su negación no es más que una fanfarronería absurda.

II

Pero para no estigmatizar, ni ser en exceso reductor, en los extremos también hay luces. Supongo que con los años uno se hace menos sectario y es capaz de tejer relaciones entre lo imposiblemente relacional. Recientemente vi la lista de filmes (eso de listas me acojona siempre) de la Asociación Derecho a Morir Dignamente que por cierto abre su página web con un poema de Dulce María Loynaz, y esta lista, que podría ser interminable, no está un filme como El bosque de los abedules (1970) de Andrzej Wajda y mucho menos podría estar, aunque para mí cabe, Nekromantik (1991) de Jorg Buttgereit. Nada que ver con nada, en apariencias. Pero sí.

El primero es uno de los mejores ensayos sobre la condición humana y suele suceder que a veces las mejores reflexiones no se encuentran en las obras monumentales, hiper-ambiciosas donde la alharaca, el ardid y el virtuosismo se mezclan a lo circense, mediático y efectista del tipo de películas como El ciudadano Kane que el bueno de Orson convirtió en un laboratorio petulante del lenguaje cinematográfico y que gracias al aburrimiento que provoca a lo largo de los años los críticos para no pasar por tontos lo ponen en todas las listas ¿trascendentes? de la “puta” mal contada historia del cine.

Pero haciendo a un lado esta digresión Andrzej Wajda pone el dedo sobre la muerte con una cinta de poco metraje, pocos actores y un presupuesto que quizás no alcanzaba para pagar la comida de los actores y te clava en la butaca y te muestra la muerte restregándote la levedad del ser y su fragilidad, pero también te muestra la vida y sus absurdos a través de desencuentros sentimentales que tocados por otra mano acabarían en burda telenovela. En el El bosque de los abedules hay una dulzura y un amargor constantes que te quedan en la boca mucho después de ver los créditos y ante la muerte total de todo lo que rodea a los dos protagonistas comienzas a apreciar mucho más la vida.

El segundo filme clasifica de gratis entro los de “culto”, esa categoría que todavía sigo sin entender ya que si el cine es bueno uno termina rindiéndole culto. Pero Nekromantik es algo más que un filme “maldito”, grotesco y cruel. Hay que ser muy idiota para dejarla como un clásico del cine gore. El filme llegó a mis manos gracias al cineasta, también “maldito” por su condición insular y su fervor en lo que hace, Jorge Molina. Supongo que quería hacer vomitar a los críticos y cineastas de la oficialidad, pero también despertar a los sumergidos. Sí, con su exhibición logró las dos cosas, pero sobre todo probar que por encima de géneros, tendencias y filiaciones, sólo hay dos tipos de cine, el bueno y el malo esté dónde esté hecho.

Jorg Buttgereit nos lleva de la mano de su ensayo dándole una vuelta de tuerca al revés de cómo se percibe y se entiende la muerte. Con Nekromantik la muerte se convierte en placer, amor y necesidad poniendo a un lado el clisé de lo patológico, lo perverso y cruel. La sangre y la violencia son una máscara para hablar de cuestiones más profundas que tocan las fibras de la existencia y cuestionan el sentido de la misma. Claro, para aquellos que dejaron sus neuronas en la placenta Nekromantik clasifica en puro gore, cinta precedida de vituperación, injurias, prohibiciones y censura que la hacen más detestable y más codiciada a la vez. Sin embargo aquí también pulula el amor, la fertilidad y la vida como una marca inevitable que tiene arrastrar la muerte porque sin vida ella no tiene el más mínimo de los sentidos.

En ambas cintas lo que más me impresiona es la honestidad y la valentía con que se enfrentan al tema haciendo a un lado los lastres culturulógicos que mezclan endemoniadamente tradición, religión y sociedad, desprendiéndose de la autocensura. En ellos la precariedad tecnológica es evidente, también es evidente la desmedida apuesta por sus particulares formas de contar olvidando lo que Hollywood ha querido imponer con sus patrones, fórmulas y conceptos. En ambos casos no asistes a la mierda matemática de los tres actos, ni a las tonterías ciegas del cine de arte, asistes a cosmovisiones personales cuyas únicas pretensiones era sofocar un deseo, una angustia, hacer cine, simplemente hacer cine para saber que los humanos aunque estemos vivos a veces podemos estar muertos.