“El hombre desdichado busca un consuelo
en la mezcla de su pena con la pena de otro.”
Milan Kundera

El sabor beige no es del todo malo, el cine “mierdero” dejó sus convenciones en piedra con el maldito egoísmo de homogeneizar al público para no sufrir pérdidas en la taquilla. Nada de sorpresas, ni de búsqueda de sensaciones y emociones no clasificadas en los libros de psicoanálisis, el miedo, la alegría y las lágrimas en blanco y negro parecen ser suficientes para el cine made in hollywood, que no necesariamente tiene que estar hecho en USA.
Al final, a pesar de todo, por encima de las elucubraciones intelectuales trasnochadas, el pensamiento riguroso y la charlatanería del público abducido por una manida forma de contar, lo más importante es estar frente a la pantalla esperando que las luces cedan su paso a esa linterna que nos enciende la vida entre palomitas de maíz y Coca-Cola, cuchicheos y apretones de manos con alguna novia deliciosa.
Por suerte hay dos cosas reconocibles por los cinéfilos y el público asiduo. Lo primero es que todos, creo que sin mucha discusión, con capaces de reconocer, en primer lugar una historia verdaderamente conmovedora y en segundo lugar tienen la capacidad de saber cuando esta historia, por lineal o fragmentaria que sea, está bien contada.
Realmente esta es velo, o no sé si máscara, que salva a la “multipremiada” Das Leben der Anderen (2006), traducida al español como La vida de los otros. Espero que la avalancha de premios y la exaltación mediática no hayan paralizado a su director Florian Henckel-Donnersmarck quien ahora tiene la suerte o la desgracia de poder elegir entre el camino fácil de la industria y el escabroso camino del verdadero cine de autor en mayúsculas. Sin embargo, este director que fuera asistente del notable Richard Attenborough en En el amor y en la guerra, hace ya una década, quiere “que cada espectador salga del cine pensando que ha obtenido algo decente a cambio del dinero que ha pagado” y esto vibra tras el pulso de esta ópera prima.
Sin ningún pudor, ni ironía, confieso que la “peli me gustó”, que lloriqueé retorcido en la butaca, que la piel se me puso de gallinas ante el pavor que me producía aquella historia, pero después de este sabroso meneo, al salir al pasillo, al cruzar la calle para degustar un café nocturno, tengo que confesar, por respeto a quienes me leen y a mí mismo, que La vida de los otros ha sido un filme sobredimensionado que transpira un oportunismo temático de predecibilidad comercial: el estigma enlatado del comunismo (si es que lo hubo) al que prefiero llamar la salsa roja del socialismo real que adereza, después de la caída del Muro de Berlín, muchas obras más pretenciosas que serias.
Procedo de un país cuyo calco de Órgano de la Seguridad del Estado es muy similar por lo gris y represivo, lo paranoico y kafkiano, sé claramente de qué me habla La vida de los otros y a pesar de las heridas trato de distanciarme de lo efectista que pudo haber sido la lectura del filme. A estas alturas es muy probable que el viejo Occidente no tenga ni la más puta idea de lo que son los regímenes totalitarios, no puedan ni siquiera palpar la desmesura en la que desembocó el llamado Campo Socialista. Aunque también hubieron luces predominan las sombras y las heridas abiertas aúllan como víctimas de telenovelas sin enfrentar el pasado con valor. Los que no vivieron esta pesadilla miraban estas realidades a través del maniqueísmo de los medios donde todo estaba demonizado y las posiciones políticas terminaban siempre siendo extremas.
Salvo el salto temporal del inicio del filme el resto del discurso no puede ser más tradicional sobre todo en su forma que es subvertida con el corte directo y las atrevidas elipsis. Sin embargo, Donnersmarck lo que mejor maneja es el clarouscuro, el matiz, la sutileza expresiva y la redondez de los personajes. Incluso, los que más se acercan a la caricatura líder-gordo-corrupto-comunista tienen pinceladas que no te permiten excluirlos del fresco que nos ponen delante.
Por otro lado, más que reflexionar sobre un período histórico de Alemania, más que desmontar el entramado siniestro de la Stasi como órgano intrusivo que des-protegía al socialismo, hay una arista que se sobrepone al drama humano, a la crisis de identidad y de definición políticas de los artistas en una sociedad, y es que La vida de los otros también nos habla de la sociedad de hoy, de sus paranoias, de su arrebatos en aras de la libertad donde la intrusión en la vida de esos otros que somos nosotros es cada vez más atroz. Para ser honestos no veo diferencia entre la violación de la intimidad de los regímenes comunistas y los capitalistas, sea cual sea el fin penetrar la privacidad es una completa violación de derechos que genera un pánico colectivo. Cámaras, micrófonos, escuchas en los teléfonos y controles, muchas veces inservibles, en aras de la lucha contra el terrorismo nos están llevando por caminos tan equivocados como los métodos mostrados en el filme.
La astucia narrativa es lo que te engancha al filme, su tono sombrío es provocado por unos acordes tensos de las cuerdas que forman el entramado del mismo. Quiero creer que su acierto mayor es esa revelación progresiva de las miserias humanas, pero también de las riquezas entre mundos paralelos que jamás llegan a cruzarse, solo hay roces, acercamientos, pequeños choques que nos muestran una dimensión desconocida. También quiero creer que este acercamiento al tema ha sido sin rencor y que desde esta crítica abierta y honesta los alemanes puedan reflexionar sobre las heridas del pasado sin que el olvido sea pasto del futuro. Porque, con perdón de Kundera, todavía en muchas sociedades estamos bajo el agua y nuestros corazones lo único que hacen es producir círculos en la superficie.
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