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domingo, agosto 13, 2006

Lo que ocurrió con Casino

Cuando no puedo hacer cine veo cine, devoro una cantidad increíble de cine, incluido el cine basura. La porquería más grande hecha en el cine soy capaz de verla. ¿Por qué? Porque hace ya mucho tiempo dejé atrás las poses intelectuales, las idioteces del extremismo culturulógico, me aparté de la aristocracia cultural y aprendí a leer el cine con una actitud crítica que no dejé se convirtiera en una molestia. Con eso aprendí que no hay cine, por bueno o malo que sea, que no te enseñe algo.

Son muchos los grandes directores que me han desilusionado, pero también son muchos los que sin tener un nombre han sido capaces de asombrarme con un solo plano, una secuencia, un entramado dramatúrgico, una dirección de actores impresionantes y hasta una dirección de arte mejor que la propia película. Supongo que es hora de superar las taras intelectuales de un cine “profundo”, “artístico”, “de culto”. Mis respetos a todos los que creen en esas etiquetas, mis respetos para todos los que no consumen otra cosa que “clásicos” y “rarezas artísticas”. Lamentablemente en muchas universidades pululan ideas como esta, ciertos círculos académicos han creado un gueto séptico intelectualizado con un cabrón sabor a moda, tendencia, posición militante con carisma de élite, de minoría en extinción. Al final descubrimos que no son más que puras mierdas, que la academia se nutre de todo lo transgresor que se convencionaliza y que al final lo más importante, más importante que trascender o lograr hitos artísticos, es decir algo con placer, con la mayor libertad del mundo para que otros los disfruten.

Sea quién sea, así el director más mentado, más premiado, más raro, más de culto, si me aburre no llega a ningún lado conmigo. Confieso que muchas veces soy demasiado sincero y eso en la mayoría de las ocasiones suena a indisciplina. Todavía no he abucheado a nadie, todavía no le he soltado improperios a nadie, pero si he dejado muchos filmes a medias, incluso en los mismos créditos.

Después vienen las horas del autoreproche, del mea culpa. A mí no me gustaría que nadie me hiciera alfo así con mis obras, me digo. Al final termino volviendo sobre el filme y con el tercer pulmón, un raro brote de disciplina extrema que a veces tengo, digiero la propuesta. Increíblemente esto me ha servido para mejorar mi nivel de lectura activa, entender mejor la relojería secreta del cine y así lograr herramientas de trabajo escriturales sorprendentes.

Algo similar me había ocurrido con “Casino”, confieso que Scorsese es de mis favoritos, había intentado varias veces ver el filme, pero a los quince minutos comenzaba a aburrirme, a disgustarme, enseguida dejaba de prestarle atención, me ponía a jugar con el control remoto, saltaba del video a la TV y viceversa hasta que lo dejaba plantado. La primera vez que se lo comenté a mis amigos casi me empalan, cómo demonios un aprendiz de cineasta iba a meterse con el Maestro, te volviste loco, me dijeron, “Casino” es otro clásico que hace una indagación sociológica increíble sobre la sociedad americana, además es capaz de desmontar la sicología grupal de los gansters… En fin, me callaron la boca y decidí no discutir más del asunto.

La voz en off vertebrando la riqueza visual, la calidad histriónica de las estrellas y el tono de la narración eran suficiente para clavarte en la butaca, sin embargo algo sucedía que por encima de la voladura del Cadillac de De Niro, los arranques iracundos de Joe Pesci y los logrados matices melodramáticos de Sharon Stone, me seguía aburriendo. ¿Por qué, qué me sucedía cuando no había dejado de ser un desmedido y apasionado cinéfilo a pesar de comenzar mis pasos en el cine?

Entonces descubrí que estaba enfermo, que mi enfermedad se había agudizado mucho más con el consumo excesivo de filmes. Tenía filmofilia crítica, en su estado más severo. Por esta causa ya no podría ver ninguna película pasivamente, no podría tragar ni un solo tramo de celuloide sin antes haberlo digerido a la perfección. Claro, no nada gracioso estar en una luneta anticipándonos a la historia, contando la cantidad de planos, desmenuzando la competitividad histriónica. En ese cruel estado estaba cuando me enfrenté a “Casino”, por eso me aburría. Entonces traté de interesarme por el submundo del juego y el delirio de Las Vegas, me anclé en la butaca y vi dos veces la película para descubrir mi verdadero rechazo.

Scorsese se había vuelto literal, reiterativo. La voz en off describía una serie de acciones y allá iba la cámara a contarte lo que la palabra había hecho. Las acciones no podían ser más predecibles y para colmo su admiración escandalosa por los gángsters lo hacía redondear un estereotipo de cine de clase B donde De Niro luce como un bandido santurrón con reglas y normas “suaves” para que no dejara de simpatizarle a nadie. Menos mal que la excelente dirección artística y el estilo fotográfico aderezaban el argumento, pero ni aún así podía disfrutar “Casino” como lo había hecho con otras obras de su autoría. Con perdón del Maestro y de mis amigos sigo enfermo de filmofilia y lo que me aburre me mata.