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miércoles, marzo 15, 2006

Habana Blues: una primera aproximación (el estreno)

Cierto aire chovinista y maniqueo evitó que me acercara a Habana Blues, las copias piratas pasaban de mano en mano y, mientras todos se deleitaban con el filme, yo eludía la sed cinéfila con la idea de eliminar los prejuicios. Estaba haciendo que la otredad funcionara y estaba próximo a caer en la trampa del sectarismo al tener demasiada información que iba desde los empeños de Benito Zambrano con los primeros borradores de su proyecto, hasta chismes del rodaje y las visiones de la prensa que cubrió todo el proceso. Para colmo la música de la película ya andaba en cada walkman, mp3 player y equipo de CD de la isla, moviéndose de los ambientes más intelectuales hasta los más undergroun, así que cuando cayó en mis manos una de las tantas copias piratas que circulaban en la ciudad ya yo tarareaba algunas de sus canciones y reconocía el toque, todo mezclado, de Kelvis Ochoa, Desember Bueno y X Alfonso.

Al principio me pareció un cliptometraje, después una guía práctica del habaneo, no del cubaneo, por último un desgarrador docudrama camuflado por la ficción. A pesar de las lágrimas que me sacó, habían cosas que me molestaban y que no podía clarificar, cosas que se hundían en la emoción de la marea de atrevimiento y honestidad del director que entre las “pingas” y los “cojones”, bien colocados en los diálogos, puso la extraña y quizás jamás usada palabra “bañador” en boca de cubanos para hablar de trusas y bikinis.

Así que se impuso un segundo acercamiento, una mirada desprejuiciada que solo la distancia y la constante reflexión permiten. Entonces cuando se estrenó Habana Blues en la isla profunda para inaugurar el XIV Taller de la Crítica Cinematográfica, pude penetrar alguno de sus misterios y tener una mejor visión de esta propuesta que puso a prueba no sólo la capacidad de moverse a un cine de género, sino también la calidad humana.

El viejo cine Guerrero en el mismo corazón de la ciudad nos acogió todos, había un calor infernal y más espectadores que lunetas en la sala. Los proyectores de antiguo campo socialista, reparados con mucho esfuerzo, se hacían la boca agua con aquel celuloide. Los organizadores del evento presentaron a los invitados y declararon oficialmente abierto el Taller… Ahora tenía la palabra Yailene Sierra, actriz de la película quien de manera sencilla presentó el filme a los camagüeyanos. Las luces de apagaron, el silencio atropelló los murmullos displicentes y la magia de la linterna se abrió paso en medio de la oscuridad.

Habana Blues otra vez me ato a la butaca, la narración con pocos desvaríos comenzaba a desnudar parte de la realidad cubana. En más de una ocasión un breve aplauso y risas estuvieron a punto de interrumpir la proyección, pero no hubo ni apagones, ni rollos extraviados.

Benito Zambrano había logrado eludir algunos estereotipos, lugares comunes más que archigastados por la cinematografía de la isla. Si había logrado dejar a un lado jineteras, bicitaxis, y maleantes tentadores para un efectivo gancho, no había podido sacarse la imagen folklorista y, por qué no, turística de la Cuba que quieren ver los extranjeros a través de los autos clásicos, el casco histórico y el ambiente doméstico. Por otro lado un desmedido sabor latino light rezumaba sobre el texto fílmico que superó las atmósferas cutres y la suciedad del lenguaje –saltos de eje, zonas fuera de foco y jum cuts–, empobreciendo resortes enriquecedores como el del homoerotismo y el del exilio, colocando al filme muy cerca de la zona del cine beige.

Por otro lado, aunque prefiero personajes complejos y condenados al fracaso, existenciales hasta los huesos y que hagan temblar la repulsiva moralina de la sociedad, me jode que el "héroe" de Habana Blues raye en prosticulto, patológico cazador de extranjeras, que no tiene ni el más mínimo sentido de las responsabilidades paternas. Se queda así el brote patriótico, su sentido de pertenencia insular, en una caricatura que el melodrama de los minutos finales oculta.

Sin embargo, Habana Blues no deja de ser memorable porque es sabrosa, digerible en extremo y eso lejos de ponerla más en las manos del los críticos las pone en las manos del pueblo, de ese público que asistió a disfrutar del verdadero hechizo del cine y que es lo más sincero del mundo.

Todo parece como si en el fondo fuera un detractor del filme, no, todo lo contrario, prefiero dudar, equivocarme, poner a prueba la robustez del lenguaje fílmico, desmontarlo despacio y ver más allá de lo formal, hurgar en los vasos comunicantes para ver las sutilezas y descifrar el secreto que provoca y excita a la vez.

Toda aventura fílmica es un riesgo inevitable, es a la vez un sueño compartido del que se puede disentir, aprender y mostrar a otros. A pesar de los posibles extravíos, de las insatisfacciones de la otredad, es de la pocas películas con finales duros, desgarradores y amargos que te incitan a reflexionar la insularidad, sus derroteros con utopías y fracasos desde la más pulcra sinceridad que siempre suele ser escandalosa.

martes, marzo 14, 2006

Una primera evocación sobre el Taller de la Crítica Cinematográfica de Cuba

En medio del período especial, bajo difíciles circunstancias económicas y un asedio enorme por la prensa internacional, se realizó el primer Taller de la Crítica Cinematográfica. Bajo el arco azulado de marzo del año 1993 un grupo de críticos y especialistas de los medios de comunicación acudieron a la ciudad de Camagüey convocados por un pequeño equipo de soñadores que apostaban por la crítica como plataforma cultural para el entendimiento no solo del cine, sino también de los más complejos procesos de la cultura donde los medios tienen un singular protagonismo. Por aquel entonces resultaba casi de ciencia ficción hablar de Internet y del correo electrónico, ni siquiera de las computadoras personales. El mimeógrafo, el papel reciclado y viejas máquinas de escribir eran las principales herramientas con las que se movían las ideas; arqueológicas máquinas de imprentas y raras tintas iluminaban parte de estos sueños que se hacían realidad en folletos, revistas y tabloides para desbordar la pasión por el séptimo arte.

El primer Taller… tuvo una repercusión enorme, aquel abrevadero del pensamiento que parecía ser densa reunión se convirtió en cita obligada no solo de quienes ejercían la crítica, sino también de quienes hacían el cine y formaban parte de zonas culturales en las que participaba el cine. La ciudad parecía un hormiguero enloquecido, afiebrado por la linterna mágica que no descansaba en cada uno de los cines los cines.

El Taller… atravesó los años 90 viento en popa y a toda vela, encendiendo polémicas, penetrando las zonas difíciles del cine, desmontando procesos y sobre todo arrojando luces sobre los vacíos y extravíos del cine no solo nacional, sino también universal. La palabra colateral parecía quedar a la saga de su significado con los suculentos y deliciosos programas que se preparaban en Camagüey. Desde el evento teórico, las diversas exhibiciones de filmes, las exposiciones de artes plásticas y la presentación de publicaciones, uno iba respirando cine de un extremo a otro.

Con toda pretensión me dejo morder por la nostalgia, en ella convergen no solo el placer de disfrutar el cine sino el vicio de hacer amigos. Gracias a la fe y a la amistad de Luciano Castillo, soñador y cariátide del Taller… fue que llegué a sus predios en 1994 y tuve la oportunidad de confrontar ideas, discutir sobre temas y polemizar con especialistas de todo el país. Ese golpe de conocimiento me llevó por los caminos de la fotografía y luego por los del cine, y me apartó un poco del ejercicio de la crítica.

Hoy abre sus puertas otra vez el Taller..., es su XIV edición y después unos cuantos años, a pesar de las tormentas, la apatía de algunos y el desden de otros, nos prueba que el Taller… sigue –en buen cubano– vivito y coleando. Por eso, ahora de vuelta, enfrentado otra vez a las angustias y preocupaciones de penetrar la dudosa realidad del audiovisual, frente a frente con los fantasmas y los espejismos de las obras, en el fondo del taller de orfebrería del cine, brindo este pequeño elogio al Taller de la Crítica Cinematográfica y le doy las gracias por haberme abierto de una manera sutil y anunciadora el camino en el difícil y extraño mundo del audiovisual.

miércoles, marzo 08, 2006

La boca del lobo (La entrevista I)

En los últimos días de febrero, agitados por la fiebre del cine, después de agotadoras sesiones teóricas y proyecciones interminables, tuve la dicha de de conocer a Javier “Alimaña” Muñiz. Su aspecto de “tipo duro” y el fuerte acento madrileño, aderezado por cuidadosos tatuajes en sus brazos, lo hacían más un actor que el director de un festival de cine. Estábamos en La Habana convocados por la 5ta Muestra de Nuevos Realizadores, cumpliendo con un alocado programa frente al mar, en la casa de visita de la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños. Brisa marina, arena tibia, vino y cerveza, aceitunas y bocadillos, cineastas, productores y actores, nos mezclábamos bajo el delirio tropical de un azul intenso que convergía en el horizonte. Entonces, solo hubo un apretón de manos y unas palabras. Estaba claro que Javier quería ir a Camagüey, cruzar el país para llevar el festival “La boca del lobo” tierra adentro. Nada quedó claro, los organizadores del evento estaban a punto de enloquecer a Javier y yo tenía demasiadas cervezas en sangre. Pasaron los días y tuve el placer de enfrentarme a parte de la selección de “La boca…”, ver el cuidadoso andamiaje que había detrás de las nominaciones y los premios, notar no solo el esfuerzo de Javier, sino también su pasión, así que hice un poco de fuerza para que pudiera estar en Camagüey.

Al terminar la muestra no había nada claro, yo regresé a mi ciudad y le dejé un fuerte apretón de manos sin saber si podría llegar hasta nosotros. Entonces, al parecer los duendes habían dejado de fastidiar y quiso el destino que Javier “Alimaña” Muñiz cruzara este islote hasta el mismo centro. Era un jueves con la tarde caída y algo de lluvia, casi nos había tomado por sorpresa y preparar un programa parecía imposible. Después de un brevísimo descanso Javier presentó una selección de los cortos que lo acompañaban y conversó con estudiantes de cine de la ciudad, profesores y artistas que acudieron a “La boca del lobo” con la fe de todo buen cinéfilo. Al terminar lo menos que podíamos hacer era apoderarnos de la ciudad y dejar que el puente de la amistad se levantara de inmediato, junto a unos amigos caminamos la maraña de calles y tomamos algunas copas, al final de la madrugada hambrientos decidimos hacer unos espaguetis acompañados por un fortísimo café cubano que nos mantuvo conversando casi hasta el despertar del día siguiente. Las palabras que trascribo a continuación son sólo un adelanto de esta conversación.


Es indiscutible que hay una pasión sostenida por el cine, a lo largo de tu carrera tus amores con el séptimo arte son muy peculiares, ¿pudieras confesar el origen de dicha pasión?

La historia de mi amor por el cine viene desde pequeñito, desde muy temprano, cuando joven, todavía la televisión no estaba embutida en las casas como lo está actualmente, entonces en el barrio en que yo vivía proyectaban en la calle, se proyectaba mucho cine mudo, se ponía una pantalla en el patio de alguna vivienda y todos los vecinos bajábamos con las sillas, ese fue el primer contacto con el cine. Luego en el colegio que nos ponía películas de todo tipo, en aquella época el cine tenía mucho auge, había muchas salas. Yo soy de una ciudad de 30 mil habitantes, muy pequeñita, que se llama Soria y habían siete salas de cine funcionando. Siempre me las pasaba corriendo de una a otra buscando las películas que me interesaban. Ya después con un grupo de amigos comencé a hacer teatro, pero no pasó mucho tiempo para que empezáramos a hacer cortos. Luego estuve involucrado en un proyecto en que paseábamos el cine por distintos pueblecitos, íbamos con algunas películas cada verano por la Castilla profunda, llegábamos a pueblos donde no había cines y en otros ni televisión, era muy interesante ver la reacción de la gente. Luego estuve trabajando como discjockey, hice otras cosas, pero siempre muy cercano a la cultura manteniendo relaciones con muchos amigos cineastas, sobre todo en el mundo de los cortos, mucha gente que estaba haciendo pequeños proyectos. Cuando ya decidí hacer un proyecto propio, que quizás fue un poco tarde, y empecé con la idea de crear este festival de cine, no me fue muy difícil diseñarlo, estaba muy familiarizado con el trabajo para minorías, el pequeño formato y los espacios pequeños me eran muy familiares y el mundo con el que más roce había tenido era el mundo del cortometraje. En la época que yo creé el festival en Madrid casi no había festivales, estábamos obligados a proyectar en DVD y VHS, por el espacio, y aunque muchas veces no eran los formatos originales del 16 mm y el 35 mm a los directores, productores, actores y el público le pareció bien. Claro, siempre hice mis consultas a amigos del mundo del cine. Empezamos de una manera muy modesta, realmente me siento muy feliz porque desde la primera edición con unos cincuenta trabajos, hasta esta última edición con más de seiscientas obras presentadas, el festival ha ido ganando un lugar importante. Siempre con la idea de llevar el cine a lugares donde es a veces difícil poder ver la obra más reciente de los jóvenes artistas y en un formato transportable. Por un lado se promocionar el cortometraje español y de otras latitudes, por otra parte consideré importante llevar a la gente joven, inquieta, este tipo de trabajo y luego sabía que era importante ampliar un poco los contactos del festival con otros cineastas, productores y otros festivales.

El festival La boca del lobo desde siempre apostó por el cortometraje de ficción, ¿por qué esta peculiaridad de su perfil?

Primero, el festival se desarrolla en un bar de noche, eso tiene cierto ambiente de sexo, alcohol y rock and roll, por decirlo de alguna manera, que es más propicia para los cortos de ficción, por lo que llevar documentales, que necesitan otro tipo de atención por la problemática que abordan, era más difícil. Para eso necesitas un poco más de comodidad, un poco más de atención. Por otro lado siempre me gustó mucho más la ficción, mis inquietudes siempre han ido por ahí. Por qué cortometrajes y no largometrajes, pues por lo mismo, estamos en un espacio pequeño con proyecciones en pequeño formato, además el corto tiene menos promoción que el largo. Este festival nació con una inquietud, siempre quise dirigir cine, pero la vida me llevó por otros caminos, yo estaba muy comprometido en el mundo de la música, pero también con el mundo de la cultura, así que si no podía hacer cine, por lo menos podía promoverlo y así creo que lo he venido haciendo a lo largo de los años de vida del festival. Nació como una idea pequeña, los cuatro primeros años el festival lo hacía yo solo que era totalmente una auténtica locura, el festival fue ganando en prestigio y complejidad y ahora somos tres personas, así que poco a poco fue creciendo. Institucionalmente no hemos sido un festival muy valorado por la oficialidad, casi siempre nos han dado una patada, nos han puesto sancadillas para impedirnos desarrollar el festival, pero bueno, soy tauro y soy muy cabezón y me he dado contra la pared muchas veces y me sigo dando, menos mal que muchos amigos directores, productores y actores que me siguen dando ánimo y me dicen que el proyecto es interesante y vale la pena que continúe. A la verdad que hemos llegado a ciertos a lugares insospechados y eso nos ha dado ánimo. Yo creo que hemos hecho un buen trabajo, el hecho de que yo esté hablando aquí contigo significa que seguimos caminando, que seguimos en la carretera.


El hecho de ser un festival itinerante ya marca una diferencia, en la medida de tus posibilidades te mueves por todo el mundo promoviendo las obras, ¿cómo perciben esto los creadores?

Hay alguna gente reacia que no acepta que el festival sea itinerante a pesar de las bondades que ofrece en términos de promoción, hay algunos que piensan que yo me estoy haciendo de dinero, que me estoy forrando, en el mundo del cortometraje, que me estoy aprovechando de sus obras para yo montarme un negocio. Tú has visto como funciona y está muy lejos de ser esto algo lucrativo. Este proyecto no trae consigo ganancias económicas, pero sí culturales. El mismo cuesta bastante dinero y estar aquí en Cuba, ha costado un dinero que lo saco de mi sueldo, pero merece la pena. Pero bueno es una minoría, en cuanto a los directores son muy pocos lo que no han aceptado que sus trabajos viajen conmigo, en este caso solo tres se han negado este año, quizás porque sus trabajos son muy buenos, quizás por creen que en términos de distribución ya ha sido suficiente. Pero en general muchísima gente, incluyendo a los directores de cortometrajes, están encantados con él. Bueno, a mí me gustaría no solamente moverme yo con los cortometrajes, sino traer aunque sea a uno de los cortometrajistas y que intercambiara con el público, otros cineastas, productores y todos aquellos interesados en este mundo. También yo trato de propiciar, cada vez que llevo afuera el festival itinerante, la creación de un premio en el lugar para incentivar la participación. También hemos facilitado en otros sitios la creación de otro festival, por ejemplo, en las Islas Baleares, vamos todos los años a Menorca que es un isla pequeñita como puede ser la ciudad de Camaguey y ya tiene un público adepto y ellos a la vez han creado un festival paralelo que se dearrolla junto a la Boca del Lobo y ellos dan un premio a la mejor producción de allí que está realizada en Menorca. Es como que yo traiga La boca del lobo aquí a Camaguey y decidamos exhibir junto al programa del festival cortometrajes hechos aquí mismo, entonces premiamos al mejor con un jamón, cassetes de video o 200 pies de película, cualquier cosa, porque lo importante es estimular la creación. La gran mayoría están a favor de este proyecto, porque nunca se sabe dónde puede saltar una chispa, una venta de un corto o un contrato increíble para el director. Yo creo que la gente está bastante positiva con la idea del festival itinerante. Lo que me preocupa mucho es la calidad de la visión, siempre hay que procurar unas condiciones mínimas para su proyección, pero bueno esto también es interesante. Esta experiencia yo la contaré, la forma en que hemos proyectado aquí en una tele, cuando me reúna con la gente, con los creadores, haremos una comunicación de prensa para que la gente tenga conciencia del trabajo que hace La boca del lobo.


Ya son ocho ediciones de “La boca del lobo”, en alguna manera has podido catar el estado del cortometraje dentro y fuera de España. Según tu más sincera opinión quisiera saber cual es la salud del cortometraje.

La salud del cortometraje en España es muy buena, hay muchísima gente que está haciendo cortometrajes, al aumentar la producción no quiere decir que automáticamente aumente la calidad, pero bueno tú has visto unos cuantos trabajos aquí y yo creo que el cortometraje está en muy buen estado. Hay quienes dicen que faltan buenos guiones y aunque haya pocos que te sorprendan, que de verdad te peguen, pero también no tenemos la oportunidad de ver tantos. Tanto a nivel nacional como internacional la salud es muy buena, en Sudamérica hay una producción enorme y te llegan cosas interesantes, yo creo que es bueno. Pero creo que el principal problema es que el cortometraje se hace con mucha ilusión, es una especie de iniciación, y llega un momento que hay que abandonarlo porque todos quieren pasar al largo estigmatizándolo como un género menor.


¿Cuáles son las relaciones del festival con la industria?

Siempre existe la posibilidad de saltar a la industria, nosotros sabemos de cortos que se han proyectado en La boca del lobo y que gracias al festival los ha comprado Canal Plus. Claro, cuando un cortometraje es premiado en la boca del lobo ya es un prestigio y es una carta de presentación, ya no somos un festivalito, ya hemos conseguido que sea un premio importante y que sea reconocido sobre todo por los directores y en alguna medida por los que se encargan de mover derechos y empujar en los circuitos de distribución. La industria siempre está atenta, se mueve mucho dinero y siempre se está buscando el talento. Realmente no trabajamos para la industria y los grandes circuitos, nuestra prioridad es promover un trabajo que es muchas veces menospreciado y considerado mero ejercicio, cosa que no es así. Si de nuestra vocación se desprende algún beneficio para alguno de los cortometrajistas, pues felicidades, significa que toman en cuenta nuestro criterio de calidad que cada vez es más riguroso. (Continuará)