Contra Dogma 95 (apunte uno)

En los 90 La “generación del VHS” irrumpe en la industria, de espaldas a las escuelas de cine y con una fuerte vocación cinéfila, comienzan a marcar las pautas del nuevo cine comercial estadounidense. David O. Russell (Spanking the monkey) era trabajador social, Quentin Tarantino (Reservoir Dogs) un freak de videoclub y Kevin Smith (Clerks) un empleado de minimarket, la escuela de estos cineastas era la historia del cine, las historietas y la televisión, el mito urbano y la prensa sensacionalista. La tradición y la academia se vieron sacudidas y el cine independiente colocó en su hall de la fama a los desconocidos. Era la oportunidad de compañías como Miramax, Fine Line y October para cazar talentos y aprovechar los predios del fresco Festival Sundance donde se compra barato para después vender bien caro. Para colmo, los pocos productores independientes comienzan a plegarse a los guiños de la industria, la tentación de los Oscars y la fácil multiplicación de las ganancias, por lo que comienzan a producir filmes que habían evitado siempre. Los paradigmas de cine independiente comenzaban a tambalear y salvo contados cineastas como Derek Jarman, Alexander Kluge, Alejandro Jodorowsky, Jean-Marie Straub, entre otros –verdaderos bastiones de un cine de vanguardia-, los demás parecían rendirse ante este nuevo Hollywood que reciclaba a los independientes y los asumía.
En este panorama dominado por el cine comercial y la guerra de las casas productoras por controlar los circuitos de distribución, es que llega Dogma 95, un proyecto polémico y provocador que intentaba subvertir no solo la perversa relación de los creadores con el mercado, sino también influir sobre el lenguaje cinematográfico y la ética de autor desde una perspectiva sociológica colectiva, abierta y transparente. Según Lars von Trier y Thomas Vinterberg, los cinestas que suscribieron el manifiesto, el proyecto tenía como fin arremeter contra “ciertas tendencias” del cine actual. Tendencias que no quedan muy claras y que la ironía y el desenfado terminan por cubrir con la ambigüedad dejando un desesperado margen para la sospecha.
La fe de Dogma está construida en el llamado “voto de castidad”, unas férreas reglas que sobrepasan la etimología de la palabra “dogma” y que aunque lindan con la ciega fe del fanatismo no dejan de ser interesantes. Para algunos estas reglas podrían significar lo que un coche bomba para un grupo de civiles, pués, aunque no son cumplidas al pie de la letra, por muchos de estos cineastas, ponen en crisis la praxis artística, la tradición del cine y, a todas luces, las prácticas comerciales.
El “voto de castidad” me parece extremista, una pataleta sectaria de adolescentes rebeldes que llaman la atención a cualquier precio –muy logrado si vemos el éxito en festivales y eventos internacionales-, en su aparente misticismo se esconde también la rigidez y la imposición limitando, a mi entender, el poder creativo. Para empezar, la obligatoriedad del color y de usar
Pero lo más cuestionable es la tajante prohibición de cualquier ruptura de la linealidad temporal y geográfica. El “todo sucede aquí y ahora” es peor que una camisa de fuerza a la libertad expresiva. Este puritanismo es contradictorio, ya que ninguna de las obras acogidas al Dogma están rodadas en una sola toma, quizás debieran incluir este estorbo de abundante dificultad técnica o no editar plano a plano cada filme.
El rechazo al decorado, a la utilización de filtros, la prestancia de la cámara en mano y el sonido directo, son un regreso a un cine más sencillo que prioriza las historias, pero que a la vez es en exceso narrativo y lineal. Vale que Dogma sea un punto de reflexión, una zona dinamitada contra el abuso del artificio y la tecnología, pero su voto de castidad es bastante castrante. Dogma es una rebelión tangible y tiene derecho de existir, respeto su tesis y apoyo la valentía de quienes se atreven a hacer su voto de castidad. Como ejercicio y referencia pasa, pero sus limitaciones son una sobredosis de puritanismo. Ahora, eso sí, hay que apreciar a quienes lo asumen de una manera más provocativa, reinterpretan el “dogma”, le sacan provecho en pos de sus discursos y no se dejan aprisionar en ninguna celda, porque el arte, sea cual sea, es subversión, herejía y libertad.
Hasta la fecha, hay 76 filmes que se acogen a Dogma 95, no sé si sería una equivocación, pero todos están firmados por su directores. ¿Creerán plenamente en el Dogma?, ¿podremos acabar alguna vez con ese demonio del ego ante el reconocimiento público? Como punto final, después de un amor desbordante algunos de estos cineastas incluyen una confesión donde enumeran su transgresiones: ¿estamos ante una irreverencia o ante un chiste? No sé, todavía no me lo he podido explicar.



























